Lentitud administrativa

Lento e incompetente, decía el hijoputa en su escrito. Que todo el día de cháchara, desayunos de hora y media, compras en horario de trabajo, días festivos por asuntos particulares… Que así iba el país, con tanto funcionario tocándose los cojones siete horas al día. Y que los demás a trabajar y pagar impuestos para mantener a semejante cuadrilla de vagos e incompetentes.
Evidentemente, nunca debió escribir esas líneas en una instancia oficial.
Lento e incompetente, decía. Me llevó menos de un minuto averiguar la matrícula de su coche y si estaba la corriente de pago del impuesto de circulación. ¿Es eso lentitud? En dos minutos más tenía su dirección, su profesión y estudios cursados, dónde tenía el despacho en el que ejercía como asesor fiscal, si tenía vivienda en propiedad o estaba de alquiler… Y los datos correspondientes a su mujer, el nombre de cada uno de sus tres hijos y, recurriendo a las amistades -la necesaria comunicación entre distintas Administraciones-, el nombre del colegio público al que iban.
Me quedé con su careto gracias a la fotocopia compulsada del libro de familia que encontré en el archivo de la oficina. Para que luego digan que siempre andamos perdiendo expedientes. Si no hubiera solicitado en su día bonificaciones por familia numerosa me habría resultado más difícil ponerle cara, pero la gente, por ahorrarse cuatro perras, es capaz de renunciar a sus derechos de imagen. ¡Pues que se joda!
Llegó la hora del desayuno. La bolsa pesaba lo suyo, pero el esfuerzo merecía la pena. Acudí al bar de todas las mañanas, me tomé mi bocadillo de tortilla y mi caña, y un cortado para calentar el cuerpo. Leí los periódicos de la casa, pagué la consumición, invertí los cambios en la tragaperras y salí del local. Al llegar a la esquina de la calle, caí en la cuenta de que había dejado olvidada la bolsa en el bar. ¡Qué cabeza la mía!
Cinco minutos más tarde me encontraba ante el edificio en cuestión. El despacho estaba en la primera planta, toda ella ocupada por oficinas, pero utilicé el ascensor, que tampoco es cuestión de hacer esfuerzos innecesarios. E insisto, la bolsa cada vez pesaba más.
Pase sin llamar, decía el cartel de la puerta. Obedecí. En el recibidor no había nadie y una voz masculina me invitó a llegar hasta el final del pasillo. Que estaba solo, dijo el incauto. Mejor, no me gustan las multitudes.
Saludé nada más entrar en el despacho. Ahí le tenía, igualito al de la foto, pero con menos pelo. El tipo se incorporó levemente de su asiento y me ofreció su mano. Era diestro; un dato que desconocía y que me resultaba imprescindible. Con el pisapapeles le metí una hostia en su cara de gilipollas y el tipo se derrumbó inconsciente en el sillón. Saqué la guillotina de la bolsa, la coloqué sobre la mesa y acepté la mano que el cabrón me acababa de tender.
Ricardo Bosque





